Un cuento para leer con el corazón

 

 

El lugar donde vivía Alma era un remanso de luz; allí se respiraba amor y alegría. Sus amiguitos eran muy divertidos, amables y compasivos. Era increíble verlos jugar, charlar o trabajar juntos; daba la impresión de que vivían en un mundo donde no existían límites ni reglas aburridas. Lo sorprendente era que había una gran armonía. Lo cierto es que las reglas sí existían, pero se cumplían de manera tan natural que no se daban cuenta siquiera de su existencia, porque eran reglas del corazón, basadas en la verdad, el respeto y el amor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alma y sus amigos sabían que debían disfrutar y aprovechar cada momento. Trataban de evitar hablar del día en el cual irremediablemente tendrían que separarse. Formaban una gran red de amor y habían hecho un compromiso de permanecer eternamente unidos por lazos invisibles.

Un día, Alma comenzó a sentirse rara, como encerrada y limitada. Lo peor de todo era que no encontraba a sus amigos. No sabía qué le estaba pasando; sentía un nudo en el pecho y un gran malestar. Le llevó un largo tiempo darse cuenta de que HABÍA NACIDO y de que su vida a partir de ese momento sería bien diferente.

Antes de nacer, Alma y sus amigos acostumbraban comunicarse entre ellos a través del pensamiento. Si alguien necesitaba algo, el amiguito que estaba más cerca se lo alcanzaba; si alguien sufría por algo, el dolor se compartía entre todos hasta que desaparecía. La verdad es que eran realmente un equipo. Pero cuando nació y comenzó a enviar mensajes a sus padre a través del pensamiento se sintió muy triste al comprender que no era escuchada. Entendió que la única manera de que le prestaran atención era llorando. Pero aun cuando venían a ver por qué lloraba fue muy difícil que se dieran cuenta cuál era el mensaje y qué era lo que verdaderamente necesitaba. Con el tiempo se fue adaptando y perdiendo las esperanzas de reencontrarse con sus viejos amiguitos.

Unos meses antes de cumplir seis años, Alma comenzó el colegio. Los compañeritos siempre la buscaban para jugar pero ella se divertía estando sola. Encima, los maestros decían que era inquieta y que no respetaba las reglas. En los cumpleaños nunca hacía lo mismo que los demás chicos y no entendía por qué se enojaban tanto si lo único que quería era que la dejasen disfrutar a su manera.

Alma comenzó a sentirse sola e incomprendida; ni siquiera creía que sus padres –a quienes amaba- la pudieran ayudar. No entendía para qué había venido a un lugar tan lento, aburrido y lleno de reglas inútiles. Sus ojitos ya no brillaban y no encontraba el sentido de estar en este mundo.

Una noche, mientras Alma dormía, en su sueño apareció un ser que irradiaba una hermosa luz blanca. La imagen era tan bella que Alma comenzó a llorar de emoción. Por fin volvió a sentirse feliz, después de mucho tiempo. Caminaron juntos, alumbrados por la luz de la luna, conversando a orillas del mar. Alma sintió como si se reencontrara con un viejo amigo. Tenía una alegría muy profunda en su corazón.
De pronto, la madre la despertó abruptamente para llevarla al colegio. Alma se sintió desorientada y un poco preocupada: tenía miedo de no volver a ver nunca más al luminoso ser del cual no sabía ni siquiera el nombre. Pero el temor se fue rápidamente ya que esa misma noche se reencontraron en el sueño y mantuvieron el siguiente diálogo:

¿Cuál es tu nombre? —preguntó Alma.

Emmanuel —le contestó.

Ah, tenía miedo de no volver a verte —se apuró a decir Alma.

¿No recordás acaso nuestro compromiso de seguir unidos eternamente? —le preguntó Emmanuel.

La verdad es que desde que nací casi no puedo recordar nada.

De eso se trata mi visita. Muy pronto yo también tendré que nacer y al igual que tú corro el riesgo de olvidar quién soy y cuál es mi misión; yo vengo a ayudarte, pero también necesito de tu ayuda —explicó Emmanuel.

¿Estás seguro de que querés nacer en este mundo? Se te ve tan bien, tan luminoso, tan feliz donde estás...

Es cierto, aquí todo es hermoso, hay mucha paz y felicidad. Todos somos como antorchas encendidas y dondequiera que vayamos hay luz. Es por eso que somos tan felices.

¿Y qué tiene de malo eso?

No, no tiene nada de malo, simplemente que las antorchas sirven para iluminar y, para cumplir su función, deben estar donde no hay luz. Además, no podemos ser felices completamente sabiendo que en otros lugares existe tanta maldad, mentira y desamor. Por eso hice el compromiso de nacer.

¿Y qué puedo hacer yo para ayudarte? —replicó Alma.

Lo primero es escucharme; a partir de hoy no necesitarás soñar para encontrarte conmigo. Me podrás escuchar todo el tiempo y así estaremos comunicados.

¿Y los demás también podrán escucharte?

A mi mamá le será más fácil. En principio les daré mi nombre, aunque ella seguramente pensará que fue idea suya.

¿Y de qué otra forma puedo ayudarte?

Debes prometerme que después de que yo nazca, cuando me veas triste, sin fuerzas y con el corazón cerrado, me recordarás quien soy y que vine a este mundo para ayudar a los demás.

¿Pero cómo haremos para encontrarnos?
Justo en el momento en que iba a darle la respuesta, fue el padre quien la despertó. Alma quedó desconcertada; pensaba que, si la hubieran dejado dormir unos minutos más, Emmanuel le habría dicho cómo podrían reencontrarse.

En los dos meses siguientes, Alma no pudo volver a reunirse con Emmanuel en sus sueños ni tampoco escucharlo. Nuevamente estaba perdiendo su alegría y comenzó a pensar que todo había sido simplemente un sueño.

Un domingo, durante el almuerzo, su papá y mamá le dieron la noticia de que iba a tener un hermanito. Seis meses después, Alma estaba dibujando mientras sus padres conversaban. De repente, escuchó que su mamá le decía a su papá:

¿Qué te parece si le ponemos Emmanuel?

En ese momento, Alma comprendió que son muchos los niños que vienen con un mismo objetivo y que sólo es cuestión de encontrarse y unirse para volver a abrir el corazón. Que entre los niños que ella conocía había un montón de seres como Emmanuel, a los cuales ella podía recordarles quiénes eran y para qué estaban en este mundo. A partir de ese momento, Alma dejó de querer estar sola y empezó a jugar con todos los chicos.

Cuando nació Emmanuel, Alma comenzó a escucharlo. No sólo a él, también podía escuchar a otros bebés. Hoy Alma y Emmanuel están más grandes. Ellos son mucho más que hermanos, son como antorchas de luz, y saben cómo encontrar esa luz en quienes los rodean y encenderla. Saben que es verdad que en este mundo hay mucho sufrimiento, pero nunca olvidan que están aquí para transformarlo en un lugar maravilloso.

 

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