Afrontar el miedo a la pérdida


Es muy normal tener miedo a la pérdida, no sólo se puede perder a las personas, también un modo de vida, la salud o la juventud; en cualquiera de estos casos el dolor que se siente puede ser difícil de manejar porque aunque en la perspectiva de los demás no son pérdidas del mismo valor, es doloroso para la persona que lo está viviendo y tan sólo por eso merece todo nuestro respeto, empatía y consideración.

La mente del ego es muy rebuscada, inestable, incongruente y con mil recovecos que habitan en el subconsciente y el inconsciente, son puntos ciegos para nosotros que nos hacen desatinar y fallar, pero podemos aprender a utilizar nuestros recursos naturales para limpiar el terreno y prepararnos para afrontar un montón de cosas, entre ellas el miedo a la pérdida.

Para semejante tarea es difícil estar listo, sin embargo debes aprender a fortalecerte, aclarar tus ideas, recuperar tus valores y tu sentido de vida; comprender los cambios por los que pasas desde el nacimiento hasta la muerte y aprender a ver más allá de las apariencias y procesos fisiológicos, es decir comprender al alma y la naturaleza del Espíritu. para lograr tener paz, es poder darle respuesta a la pregunta ¿Por qué me pasa esto a mí? Nada es por azar, todo llega en su momento y de la manera indicada para cada uno y es perfecto para ti tal como se presenta, aprende a apreciarlo para que puedas comprenderlo.

Generalmente durante el proceso nos sentimos abrumados y abatidos, negamos que sea posible y eso provoca que nos aferremos a lo que era antes, cuando por fin no queda más remedio, nos sentimos muy enojados porque no podemos cambiar las cosas y empezamos a culparnos o a culpar a otros por lo sucedido, cuando eso deja de funcionar para aliviar el dolor, entonces empezamos a sentirnos tristes porque nos cuesta aceptar la pérdida; después de estar ahí por un rato comienza el proceso de aceptarla lo cual da mucho miedo.

En el proceso de aceptar la situación y con mucho esfuerzo hacemos cosas para sentirnos bien: trabajar, incluir un hábito sano, aprender algo nuevo. esta parte del proceso equivale a un terreno después después de un incendio: todo lo que era ya no es, pero el terreno es fértil para aprender a hacer las cosas mejor, romper patrones de pensamiento insanos, liberar cargas emocionales, hacer una recapitulación personal, un examen minucioso de los errores cometidos y un replanteamiento del sentido de vida.

Desde una perspectiva humana estamos listos para aceptar la pérdida: ese cuerpo (persona, salud, juventud, trabajo) ya no estará y al mismo tiempo que deja cicatriz o vacío aprendemos a vivir con eso y a construir nuestra vida a partir de ahí.

Desde una perspectiva de alma, la experiencia nos deja una enseñanza enriquecedora ya que al cooperar con el plan de vida trazado por el alma (por nosotros mismos antes de nacer) para desaprender y seguir evolucionando, las cosas comienzan a fluir de manera diferente y en retrospectiva podemos reconocer el crecimiento personal que dicho suceso nos regaló.

Desde una visión espiritual es una oportunidad para resignificar toda tu vida, para darte cuenta que no puedes perder nada porque ya lo tienes todo y entonces tu tarea consiste en expandir tu conciencia y a través de la liberación de apegos y juicios te sentirás más liviano, liberado y con una conciencia de unidad.

Desde el punto de vista más alto, no puedes perder nada y lo sabes cuando te distraes del mundo y viertes tu mirada en tu interior.

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