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RAPIDIN Y LA SIRENA
Rapidín era un pez pequeño y juguetón. Rapidín parecía todo de oro, porque cuando nadaba cerca de la superficie del mar, los rayos del sol se reflejaban en su cuerpo. Era muy inteligente y también tenía un corazón de oro. Todos lo querían y él era amable con todos los que lo rodeaban.
Sin embargo, le resultaba muy difícil quedarse quieto. Cuando estaba con sus amigos, y debía escuchar al Gran Delfín, que era quien les enseñaba todo respecto del mar donde vivían, no lograba dejar quietas ni su cola ni sus aletas. Se movía en todas las direcciones, nadaba a la izquierda, a la derecha, todo el tiempo sin parar.
Un día en que estaba especialmente inquieto, vio aparecer una sirena que le hizo señas para que se acercara. Rapidín se sintió impresionado porque aunque había escuchado hablar mucho de las sirenas, era la primera vez que veía una de verdad.
La sirena le habló con amor. Le dijo que había observado su necesidad de moverse constantemente. Rapidín le explicó que había intentado todo, pero que no lograba controlarse, que la necesidad de moverse de aquí para allá era más fuerte que él.
Entonces la sirena le pidió que moviera la cola y luego la dejara quieta. Rapidín lo hizo sin problemas. Después le pidió que hiciera lo mismo con las aletas y también pudo hacerlo.
La sirena le explicó que su cabecita era la que controlaba todo su cuerpo. Rapidín lo comprobó, cada vez que pensaba “aleta quédate quieta”, la aleta le obedecía.
Se puso muy contento y le agradeció a la sirena sus consejos. Ella antes de irse, le dio otra enseñanza valiosa. Le dijo que si quería que su cabecita tuviera aún más poder, sólo tenía que hacer varias respiraciones profundas y lentas varias veces al día, pero sobre todo cuando empezaba a ponerse inquieto.
Rapidín puso en práctica todo lo que la sirena le enseñó, sabía que haberla conocido era una gran suerte. Pronto aprendió a controlarse y hacer bien todo lo que se proponía.
El Gran Delfín le dio un diploma, finalmente, le dio un diploma por haber mejorado tanto en sus clases, porque ya no estaba nervioso y su aprendizaje era cada día mejor.
Michel Dufor
Sin embargo, le resultaba muy difícil quedarse quieto. Cuando estaba con sus amigos, y debía escuchar al Gran Delfín, que era quien les enseñaba todo respecto del mar donde vivían, no lograba dejar quietas ni su cola ni sus aletas. Se movía en todas las direcciones, nadaba a la izquierda, a la derecha, todo el tiempo sin parar.
Un día en que estaba especialmente inquieto, vio aparecer una sirena que le hizo señas para que se acercara. Rapidín se sintió impresionado porque aunque había escuchado hablar mucho de las sirenas, era la primera vez que veía una de verdad.
La sirena le habló con amor. Le dijo que había observado su necesidad de moverse constantemente. Rapidín le explicó que había intentado todo, pero que no lograba controlarse, que la necesidad de moverse de aquí para allá era más fuerte que él.
Entonces la sirena le pidió que moviera la cola y luego la dejara quieta. Rapidín lo hizo sin problemas. Después le pidió que hiciera lo mismo con las aletas y también pudo hacerlo.
La sirena le explicó que su cabecita era la que controlaba todo su cuerpo. Rapidín lo comprobó, cada vez que pensaba “aleta quédate quieta”, la aleta le obedecía.
Se puso muy contento y le agradeció a la sirena sus consejos. Ella antes de irse, le dio otra enseñanza valiosa. Le dijo que si quería que su cabecita tuviera aún más poder, sólo tenía que hacer varias respiraciones profundas y lentas varias veces al día, pero sobre todo cuando empezaba a ponerse inquieto.
Rapidín puso en práctica todo lo que la sirena le enseñó, sabía que haberla conocido era una gran suerte. Pronto aprendió a controlarse y hacer bien todo lo que se proponía.
El Gran Delfín le dio un diploma, finalmente, le dio un diploma por haber mejorado tanto en sus clases, porque ya no estaba nervioso y su aprendizaje era cada día mejor.
Michel Dufor




