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La empatía, una forma natural de amar
La empatía se define como ponerse en los zapatos del otro, sentir lo que siente, pensar lo que piensa, sus necesidades, deseos, sueños. Es un maravilloso recurso que nace de manera natural y espontánea en una relación entre dos personas en donde existe amor, entrega y comprensión.
Sin embargo, la empatía se puede crear en una relación incluso sin que existan de por medio los sentimientos que la facilitan. Aunque es una habilidad interpersonal que se entrena, requiere únicamente de disposición.
Comúnmente nos relacionamos con personas con quienes tenemos algo en común: el trabajo, la profesión, metas, ideales, pasatiempos, etc. Imaginemos que conoces a una persona maravillosa y admirable, sumamente interesante y divertida a quien tienes enormes deseos de conocer o con quien siempre deseas estar; sabes de antemano que entre ambos existe una relación linda, pero es probable que no hayas reconocido lo que la hace de tal forma:
*Ambos sonríen al mismo tiempo
*Se reafirman o incluso complementan frases de la plática que están teniendo
*Por momentos pareciera que piensan lo mismo al mismo tiempo
*Se dicen cosas como “Sí, yo siento igual” o “A mí me pasa lo mismo”
*Siempre tienen un tema de qué hablar
*Encuentran tanto en común, que hasta es probable que comiencen a parecerse también físicamente.
Como la relación es tan especial, por lo tanto casi nunca o nunca:
*Le mencionas palabras que podrían herirlo o faltarle al respeto
*Le juzgas o criticas
*Le interrumpes o minimizas su conversación o su persona
*Alzas la voz o le insultas
*Haces algo que sabes que lo hará sentir mal
*Si llegara a pasar, no te importa lo que piensa o sienta al respecto.
Es común también que en una relación donde hubo estos elementos, después ya no los halla ocurre entre cónyuges y padres e hijos sobre todo en momentos de cambios como a los 2 y 3 años, 6 y 7 años, llegada la adolescencia o la adultez. Sucede porque las personas que solían ser, aparentemente ya no lo son más, las personas modifican sus habilidades, necesidades y deseos. El problema aquí es que queremos relacionarnos con la misma persona que era antes, sin considerar los cambios que ha tenido y automáticamente dejamos de encontrarnos en él.
Encontrarse en el otro es lo que genera la empatía, es la forma en la que siente la persona empatizada; el desencuentro es la ausencia de ésta, por lo tanto lo único que hace falta es que alguna de las dos partes decida reanudar la relación y re-conocer al otro nuevamente.
Entre padres e hijos esta decisión es fundamental y debido a que el amor y la relación entre ambos es inevitable, conviene encontrar ese interés clave, tal y como se hace de manera natural al estar con alguien que te interesa.
Muchos padres y madres, dicen “es que la verdad a mí no me gusta jugar como lo hace mi hijo” o bien “No me gusta ese tipo de música como la que escucha mi hija” “Es que ya no es la misma de antes, antes sí nos divertíamos juntas y ahora nos hemos alejado”
Suelen pensar en lo que los separa, más no en lo que los asemeja y acerca.
Por otro lado, pensemos en lo que sucede entre un deportista profesional y su entrenador, claramente podemos ver que ambos tienen una función totalmente distinta, pero tienen en común el deporte en cuestión; uno practica el otro entrena, uno dice el otro hace; pero siempre pensando en un fin común, comparten dos cosas: el deporte y las ganas de triunfar. ¡No hacen lo mismo, pero tienen tanto en común!
Es decir, si no compartes el gusto o deseo de ese alguien especial para ti, entonces tú crea las formas para que así sea. Por ejemplo, supongamos que a tu hijo le gusta el futbol y tú no puedas subir ni las escaleras porque te agitas y ni te grada el ejercicio físico; pero sí puedes invitarlo a un partido de su equipo favorito, preguntarle sobre posiciones y jugadas, comprarle una camiseta nueva, intentar gritar como él mientras ve el partido, ayudarlo a entrenar con un cronómetro y demás cosas divertidas que salgan de tu imaginación, disposición y amor a él.
Sólo imagina: ponte en su lugar ¿cómo te sentirías?
También puedes reflexionar ¿qué comparto yo con mi hijo?, no me agrada lo que hace pero ¿qué sí me agrada? ¿En qué sí coincidimos, aunque sea un poco más? Basta con conocer o reconocerlo un poco, para darte cuenta de sus mayores alegrías y motivaciones, en ese momento utilizar la empatía, es decir, alegrarte por lo que él se alegra, animarte por sus motivaciones y vislumbrar la misma meta, hacen la gran diferencia.
En realidad no es necesario que compartas el mismo gusto, basta con que empatices con esa persona tan importante para ti y así crees o vuelvas a crear el puente de comunicación entre ambos.
Por Caanly Hernández Galán
Sin embargo, la empatía se puede crear en una relación incluso sin que existan de por medio los sentimientos que la facilitan. Aunque es una habilidad interpersonal que se entrena, requiere únicamente de disposición.
Comúnmente nos relacionamos con personas con quienes tenemos algo en común: el trabajo, la profesión, metas, ideales, pasatiempos, etc. Imaginemos que conoces a una persona maravillosa y admirable, sumamente interesante y divertida a quien tienes enormes deseos de conocer o con quien siempre deseas estar; sabes de antemano que entre ambos existe una relación linda, pero es probable que no hayas reconocido lo que la hace de tal forma:
*Ambos sonríen al mismo tiempo
*Se reafirman o incluso complementan frases de la plática que están teniendo
*Por momentos pareciera que piensan lo mismo al mismo tiempo
*Se dicen cosas como “Sí, yo siento igual” o “A mí me pasa lo mismo”
*Siempre tienen un tema de qué hablar
*Encuentran tanto en común, que hasta es probable que comiencen a parecerse también físicamente.
Como la relación es tan especial, por lo tanto casi nunca o nunca:
*Le mencionas palabras que podrían herirlo o faltarle al respeto
*Le juzgas o criticas
*Le interrumpes o minimizas su conversación o su persona
*Alzas la voz o le insultas
*Haces algo que sabes que lo hará sentir mal
*Si llegara a pasar, no te importa lo que piensa o sienta al respecto.
Es común también que en una relación donde hubo estos elementos, después ya no los halla ocurre entre cónyuges y padres e hijos sobre todo en momentos de cambios como a los 2 y 3 años, 6 y 7 años, llegada la adolescencia o la adultez. Sucede porque las personas que solían ser, aparentemente ya no lo son más, las personas modifican sus habilidades, necesidades y deseos. El problema aquí es que queremos relacionarnos con la misma persona que era antes, sin considerar los cambios que ha tenido y automáticamente dejamos de encontrarnos en él.
Encontrarse en el otro es lo que genera la empatía, es la forma en la que siente la persona empatizada; el desencuentro es la ausencia de ésta, por lo tanto lo único que hace falta es que alguna de las dos partes decida reanudar la relación y re-conocer al otro nuevamente.
Entre padres e hijos esta decisión es fundamental y debido a que el amor y la relación entre ambos es inevitable, conviene encontrar ese interés clave, tal y como se hace de manera natural al estar con alguien que te interesa.
Muchos padres y madres, dicen “es que la verdad a mí no me gusta jugar como lo hace mi hijo” o bien “No me gusta ese tipo de música como la que escucha mi hija” “Es que ya no es la misma de antes, antes sí nos divertíamos juntas y ahora nos hemos alejado”
Suelen pensar en lo que los separa, más no en lo que los asemeja y acerca.
Por otro lado, pensemos en lo que sucede entre un deportista profesional y su entrenador, claramente podemos ver que ambos tienen una función totalmente distinta, pero tienen en común el deporte en cuestión; uno practica el otro entrena, uno dice el otro hace; pero siempre pensando en un fin común, comparten dos cosas: el deporte y las ganas de triunfar. ¡No hacen lo mismo, pero tienen tanto en común!
Es decir, si no compartes el gusto o deseo de ese alguien especial para ti, entonces tú crea las formas para que así sea. Por ejemplo, supongamos que a tu hijo le gusta el futbol y tú no puedas subir ni las escaleras porque te agitas y ni te grada el ejercicio físico; pero sí puedes invitarlo a un partido de su equipo favorito, preguntarle sobre posiciones y jugadas, comprarle una camiseta nueva, intentar gritar como él mientras ve el partido, ayudarlo a entrenar con un cronómetro y demás cosas divertidas que salgan de tu imaginación, disposición y amor a él.
Sólo imagina: ponte en su lugar ¿cómo te sentirías?
También puedes reflexionar ¿qué comparto yo con mi hijo?, no me agrada lo que hace pero ¿qué sí me agrada? ¿En qué sí coincidimos, aunque sea un poco más? Basta con conocer o reconocerlo un poco, para darte cuenta de sus mayores alegrías y motivaciones, en ese momento utilizar la empatía, es decir, alegrarte por lo que él se alegra, animarte por sus motivaciones y vislumbrar la misma meta, hacen la gran diferencia.
En realidad no es necesario que compartas el mismo gusto, basta con que empatices con esa persona tan importante para ti y así crees o vuelvas a crear el puente de comunicación entre ambos.
Por Caanly Hernández Galán




